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Emociones: Instrumento para el sentimiento de culpa

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Introducción



Los profesionales en el campo educativo estamos convencidos de que

la educación de los niños y niñas debe favorecer su desarrollo y formación

plena y hacerles capaces de construir una realidad que integre conocimientos,

acciones y emociones.

Para lograr esta educación integral es necesario, por una parte, conocer

más a fondo este último aspecto, el emocional, y sus principales elementos

como son la evaluación, la intervención y la toma de conciencia de su naturaleza

multidimensional y, por otra parte, es necesario conseguir que el profesorado

reconozca su importancia y lo introduzca como objetivo en los proyectos

educativos, no sólo de la etapa preescolar e infantil sino de toda la escolaridad.

Es un tema importante porque los asuntos emocionales suscitan fuertes

reacciones y condicionan los juicios y las conductas de los profesores, padres,

niños y adolescentes.

El hecho de razonar y reflexionar en torno a temas socioemocionales y

sociomorales lleva a los alumnos a iniciarse en la reflexión y en la adquisición

de importantes logros como son el conocimiento de uno mismo, el descubrimiento

de sus emociones, de su propio comportamiento, su opinión y las opiniones,

sentimientos y comportamientos de los otros.

La formación actual demanda una acción educativa en este sentido

además de ser un tema que está cobrando gran importancia en nuestro entorno

social, político, cultural y, por supuesto, educativo, puesto que la educación

integral no puede centrarse exclusivamente en el componente cognitivo y es

difícil lograr unas adecuadas conductas sociales sin intervención de los aspectos

emocionales.

Una forma de introducir este tema en las aulas es a partir de experiencias

vividas por los escolares. Debemos intentar hacer coherente lo que piensa,

siente y hace nuestro alumnado y analizar las posibles causas cuando no sucede

así.



El tema emocional en la educación se ha ido desarrollando sobre todo

desde las publicaciones de Goleman (1999) y a partir de ese momento éste y

otros autores nos acercan a este tema de la inteligencia emocional señalando

las cinco capacidad básicas que debemos desarrollar a lo largo de la escolaridad

de los niños y niñas (Märtin y Boeck, 1996):

- Reconocimiento de las propias emociones

- Manejo de las propias emociones de forma adecuada

- Utilización del potencial existente en cada persona de razonamiento,

perseverancia, esfuerzo, etc

- Conocimiento para ponerse en el lugar de los demás (actitud empática)

- Desarrollo de capacidades sociales

Consideramos este trabajo una pequeña aportación, que junto a las

distintas publicaciones sobre este tema que están saliendo a la luz, puede

contribuir a ir acercándonos poco a poco a la práctica educativa en el terreno

emocional, con una mayor repercusión y aplicabilidad en la escuela.



Algunas tendencias actuales en el estudio de las

emociones



El estudio de las emociones ha sido y sigue siendo un tema difícil ya que

nunca se presentan en estado puro sino entremezcladas con ciertas conductas,

sentimientos y experiencias.

Los distintos investigadores sobre el tema no se ponen de acuerdo a la

hora de señalar los elementos que participan en las emociones, pero parece

que tras un replanteamiento se está retomando su aspecto cognitivo, es decir,

la unión entre la cognición y la emoción y el afecto (Asendof y Nunner-Winkler,

1992; Williams y Bybee, 1994; Laorden, 1995).

Las emociones están provocadas por acontecimientos que suponen un

significado especial para el organismo. Es decir el suceso en sí mismo no produce

emoción, es la evaluación o reflexión sobre él lo que lo produce. La emoción

está relacionada con el aprendizaje, con las relaciones interpersonales y con la

estructura social, siendo una consecuencia inferida y compleja de reacciones

ante estímulos que incluyen evaluaciones cognitivas, cambios subjetivos,

activación autónoma y conducta diseñada para tener un efecto sobre el estímulo

que inició la compleja secuencia (Mayor, 1988).



Desde los años ochenta los psicólogos han mantenido un gran interés

por el estudio de cómo los niños comprenden las emociones y cual es la

secuencia evolutiva que siguen.

Harris (1989) ha estudiado la capacidad que tienen los niños de hasta 5

años para comprender las emociones y cómo éstas se desarrollan. Para este

autor las acciones de los niños de consolar a una persona o hacerle daño, por

ejemplo, no son moralmente neutras, por el contrario, los niños juzgan una

conducta moralmente errónea cuando conocen las causas de la aflicción. Señala

como conclusión que los juicios de los niños pequeños están ligados a la

comprensión de las emociones y que se aprende temprano a diferenciar las

faltas graves de las poco importantes.

La mayoría de las investigaciones han tratado las atribuciones causales

de las emociones a través de la ambivalencia de sentimientos, preguntando a

los niños sobre emociones tras una historia hipótetica. (Harris, 1983; Stipek y

DeCotis 1988;Donaldson y Westerman, 1986, Denma y Zoller, 1990;...)

Por otra parte, distintos autores estiman interesante el estudio de las

expresiones faciales y el reconocimiento de ellas en los niños, siendo ambas

las actividades más desarrolladas en la educación en edades infantiles al trabajar

el tema emocional.

Varias son las emociones estudiadas en este campo. Destacan las

emociones básicas y primarias como alegría, tristeza y enfado, para pasar

después al estudio del sentimiento de culpa y la empatía como secundarias.

Uno de los temas tratados en el campo de las emociones es lo que se

refiere a las emociones morales. En general los actos de carácter moral provocan

sentimientos intensos de conflictividad. Una persona que viola una norma se

puede sentir alegre, avergonzada o culpable, o también puede sentir miedo a

las posibles consecuencias.



Una emoción negativa: el sentimiento de culpa



Presentamos el sentimiento de culpabilidad como una de las emociones

negativas estudiadas, sobre todo, a raíz de la importancia dada al desarrollo

moral.

«Por sentimiento de culpabilidad se entiende un estado emocionalmente

desagradable, que se produce después de una transgresión y continúa hasta

que se restaura algún tipo de equilibrio, siendo relativamente independiente

que otros conozcan la acción que lo motivó» (Díaz-Aguado, 1982, p.51).



Desde el enfoque cognitivo-evolutivo los autores consideran que el sujeto

va construyendo su moral según va evolucionando, siguiendo una secuencia

fija, coincidiendo así con el desarrollo general del razonamiento moral (Kohlberg,

1971; Díaz-Aguado, 1982)

Las teorías de Piaget y Kohlberg reconocen la importancia de las

emociones tanto en el aspecto social como en el aspecto moral. Para Piaget

(1932) las emociones cambian a medida que se van desarrollando nuevas

habilidades para interpretar las situaciones sociales. Kohlberg (1964) considera

que las emociones que pueden aparecer después de una transgresión como

vergüenza, miedo o culpabilidad solo pueden analizarse desde su naturaleza

cognitiva, puesto que estas emociones son el resultado final de una serie de

diferenciaciones cognitivas en relación con el estadio evolutivo de razonamiento

moral del sujeto autor de la transgresión.

Por otra parte Kochaska (1991) señala que la socialización, la conciencia

y el temperamento de cada uno influyen en el desarrollo del sentimiento de

culpa y, que desde una edad muy temprana (18 meses), el niño distingue la

culpa de otras emociones. En general, según se avanza en edad, los niños

manifiestan una mayor anticipación del sentimiento de culpa en muchas

situaciones planteadas (Strayer, 1993; Gallander y Vallance, 1994; Laorden,

1995).

Doubleday y Guarino (1984) examinan la relación entre cognición y

emoción para determinar la influencia que tienen las atribuciones causales en

el desarrollo emocional. Los niños de 6-7 años perciben las causas de la culpa

como incontrolables, mientras que los mayores consideran que se pueden

controlar y evitar. Sin embargo algunas investigaciones muestran que no existe

una relación global en este sentido sino relaciones parciales y contextuales

(Laorden, 1995).

Relacionando el sentimiento de culpa con otras variables destaca

Hoffman (1987), quien define esta emoción como el hecho de sentirse o saberse

la causa del malestar del otro. Sugiere que este sentimiento se produce ante

situaciones de disciplina en las que los padres, sobre todo, hacen ver las

consecuencias perjudiciales de las acciones de sus hijos hacia los demás.

Este autor estudia la relación del sentimiento de culpa y la empatía y

señala que cuando ésta última está muy desarrollada, el sujeto puede tener

sentimiento de culpa por asociación cuando el grupo al que pertenece es

percibido como causante del malestar del otro e, incluso siendo inocente, si no

se ayuda ante el malestar del otro, puede sentirse culpabilidad.



Un instrumento para trabajar el «sentimiento de culpa»



Teniendo en cuenta la importancia de este tema, se pretende contribuir

con un instrumento para ser aplicado en el aula con el fin de dar alguna

herramienta a los docentes para tratar y evaluar este aspecto emocional. En

este sentido presentamos un instrumento que nos puede ayudar a analizar,

estudiar o evaluar la anticipación del sentimiento de culpa. (Ver anexo)

Este material consiste en presentar a los niños 5 historias en las que el

protagonista comete una transgresión y en pedirles que contesten cómo creen

que se siente el protagonista y por qué. Las historias se deben acompañar de

dibujos explicativos sobre ellas, puesto que esto ayuda a que los niños

comprendan tanto los conceptos como los motivos (Nelson, 1980).

Es necesario que las imágenes coincidan con el sexo del niño o niña al

que se presenta el material. De esta manera se sienten más representados,

más cercanos a la situación hipotética que se les está mostrando y es más fácil

que proyecten sus sentimientos.

Con esta prueba se intenta evaluar la anticipación del sentimiento de

culpa ante el razonamiento sobre: la propiedad (robo), agresión a un compañero

(pegar), trampa ante una tarea escolar, desobediencia a la madre y negación

de ayuda a un compañero. La escala está inspirada en los estudios realizados

por Sharon A. Nelson (1980) y por Nunner-Winkler y Beate Sodian (1988).

El sistema de puntuación supone una escala de 5 grados en función de si

el niño opina que el protagonista de la historia se siente muy bien, bien, regular,

mal o muy mal. Puntuando un 1 si se siente muy bien y un 5 si opina que se

siente muy mal. De esta forma, cuanto mayor es la puntuación obtenida en las

distintas situaciones, mayor será el sentimiento de culpabilidad expresado por

el niño o niña.

En el anexo se incluyen las historias de las distintas situaciones así como

los dibujos que las representan. El material original tiene unas medidas de 15 x

20cm en cada dibujo y se presenta plastificado.

El material presentado pretende por una parte hacer pensar y razonar a

los niños hipotéticamente en distintas situaciones cotidianas y, por otra parte,

puede suponer una herramienta para el educador que intenta conocer más

profundamente el sentir de sus alumnos, con el objetivo de canalizar las distintas

experiencias del aula hacia sentimientos y emociones con más nivel de control,

expresividad, resolución de conflictos concretos, etc.

Es una herramienta para trabajar con los niños, como medida preventiva

ante los efectos negativos de nuestras conductas y emociones con respecto a



nosotros mismos y con respecto a los demás.

Las mismas historias y preguntas pueden aplicarse como instrumento

de evaluación, de forma individual, si se desea evaluar el nivel de anticipación

ante el sentimiento de culpa, o bien servir de modelo como material en

intervención, para presentar otras situaciones cotidianas de forma común en el

grupo a lo largo del curso escolar y mejorar la expresión de sentimientos y

emociones en nuestros alumnos cuando se sienten tristes o incómodos porque

no han actuado bien o no lo han hecho de acuerdo con las expectativas de los

demás. En este sentido, y en su justa medida, la culpa puede ser un motivador

de carácter moral, pero si el niño se siente culpable en exceso puede paralizar

conductas positivas en un futuro.

Es recomendable que cada vez que se lleve a cabo una sesión en clase

que hable, analice o reflexione sobre las emociones cerremos el tema con

alguna sugerencia que los niños deben intentar poner en funcionamiento en sí

mismos o/y en el grupo de compañeros.



Conclusiones



Sentimos constantemente y por ello debemos preocuparnos de dotar a

los niños de habilidades de pensamiento en el tema emocional. Todo lleva carga

emocional en nuestras vivencias y es necesario educar las emociones porque

muchos de los males actuales surgen desde la emotividad. Si no lo hacemos y

no ponemos remedio, Bisquerra (2004) habla incluso de llegar a un

«analfabetismo emocional», por lo tanto es una necesidad social y uno de

nuestros retos educativos en este siglo.

En general, están surgiendo muchas actividades y materiales a partir de

lo publicado en cuestión de emociones. Destacamos a Palou Vicens (2004),

con grandes ideas para ser aplicadas en el aula, así como a Baena y Bisquerra,

López Cassá y todo el grupo GROP de Barcelona, que trabaja este tema con

muchas ideas, actividades y material para ser usado o adaptado en nuestras

aulas.

Los maestros y profesores debemos formarnos en este sentido y aprender

a utilizar de forma positiva las emociones propias y ajenas para contribuir

adecuadamente al desarrollo de los niños. Este es el sentido de dar una mayor

amplitud al concepto de inteligencia tradicional y abarcar más ámbitos que la

capacidad de abstracción y la lógica formal. La creatividad, el entusiasmo y el

optimismo, la motivación, la destreza y actitudes humanitarias nos mueven a la

acción. Y es que el hecho de pensar, sentir, decidir y actuar supone un trabajo

conjunto de cognición y de emoción. Y en este sentido se está trabajando, ya



que abarca, como hemos visto, no solo la comprensión de las emociones de

uno mismo, sino también la capacidad de ponerse en el lugar de los demás y de

acercarnos a una mejor calidad de vida.

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